Al final, se queda la sensación de que aprender ese lenguaje secreto no devuelve respuestas universales, sino una mayor capacidad de asombrarse y de reconocer correspondencias. Es una alfabetización de la atención: entender que cada fenómeno puede ser lectura, que cada coincidencia puede ser un guiño y que, si se presta suficiente cuidado, la realidad se vuelve un texto lleno de interlineados.