Al final, no todo se resuelve como en los finales de cartón. Algunas heridas quedan abiertas; otras se curan con licencia de perdón. Alex aprende que crecer no es ganar todas las batallas, sino elegir por qué luchar. Y cuando cae la última tarde de ese verano, la ciudad parece la misma y, al mismo tiempo, distinta: sus calles ahora sostienen historias compartidas, ecos de decisiones que todavía reverberan.